Introducción
No supe decir enseguida cuáles eran mis virtudes.
Fue una noche de primavera, poco después de terminar el bachillerato. La casa estaba en completo silencio. Para la época del año todavía hacía fresco, y yo estaba en mi cuarto a oscuras, metido en la cama.
El uniforme que me había puesto casi a diario durante tres años se había convertido en ropa que ya no volvería a vestir. La gente a la que veía prácticamente todos los días se había dispersado, cada cual por su lado. No tenía ningún plan para mañana. Ni para la semana que viene, ni para el mes que viene.
¿Qué iba a hacer con mi vida a partir de ahora?
Me puse a pensarlo y no se me ocurrió nada. No era exactamente que no hubiera nada que quisiera hacer. Lo que pasaba era que, aunque quisiera buscarlo, no sabía ni por dónde empezar; no encontraba ni una sola pista.
Durante aquellos tres años, bastante tenía con disfrutar de cada día que llegaba. No había tenido tiempo de pensar en lo que vendría después, ni tampoco me había hecho falta. Porque cada día se encargaba de traerme el siguiente. Y, con la graduación, todos esos días se detuvieron de golpe.
Entonces, empezaré por pensar en mí. Eso me dije. Si sabía quién era, seguro que también acabaría viendo qué quería hacer.
¿Cuáles son mis virtudes? ¿Y mis defectos? ¿Qué clase de gente me cae bien y qué clase de gente me cae mal? ¿Cuándo me siento feliz y cuándo siento odio? ¿En qué momentos me he venido abajo hasta ahora?
No pude contestar ni una sola al instante.
Cuando pensaba en mis virtudes, solo me venían a la cabeza palabras que ya había oído en alguna parte. Ninguna estaba equivocada. Pero no eran solo mías. Casi siempre servían igual para cualquiera de los que habían estado en mi clase. Cuando pensaba en la gente que me caía bien, me venían a la mente algunas caras, pero no sabía decir qué tenían en común. Momentos felices podía recordar muchos. Pero en cuanto intentaba explicar por qué habían sido felices, las palabras no pasaban de ahí.
Con tiempo, se puede inventar cualquier cantidad de respuestas que suenen convincentes. Pero eso no es más que recortar palabras ajenas a la medida de uno y pegarlas. Las palabras que valen para cualquiera no explican a nadie.
Al darme la vuelta en la cama, el aire frío se coló por un hueco entre las sábanas y me rozó la nuca. En la casa seguía sin oírse ni un ruido.
Llevaba dieciocho años usando, sin un solo día de descanso, este producto llamado yo, y no era capaz de decir ni una sola de sus especificaciones.
Cuando uno compra un electrodoméstico, en la caja viene un manual de instrucciones. Lo que puede hacer y lo que no, las formas en que no debe usarse, qué hacer si no funciona bien. El manual suele escribirlo quien fabricó el producto. Porque quien mejor sabe lo que hay dentro es quien lo fabricó.
Entonces, ¿quién fabricó este producto que soy yo?
Aquella noche, todavía no sabía la respuesta.
Cuando se me acostumbraron los ojos a la oscuridad, vi dibujarse en un rincón del cuarto el contorno del escritorio. El escritorio al que no me había sentado ni una sola vez en tres años.
Tres años antes, con mis propias manos, había desmontado mi pieza más grande.
1. Especificaciones del producto
Para describir cómo era yo en la secundaria, basta con hablar de un videojuego.
Fortnite. Cien jugadores caen del cielo sobre una misma isla y luchan hasta que solo queda uno. Con el tiempo, la tormenta va engullendo la isla, y la zona segura se reduce poco a poco. Recoger armas, levantar en un instante paredes y escaleras para protegerse, acorralar y ser acorralado.
Yo estaba tan enganchado que llegué a competir en sus torneos en línea.
Al volver de clase, iba al escritorio antes incluso de quitarme la mochila. En cuanto terminaba de cenar, volvía a él. Los días sin clase, desde que me levantaba hasta que me iba a dormir. Cada vez que tenía tiempo, ahí estaba yo, sentado.
Los movimientos que había repetido cientos, miles de veces, ya no necesitaban pasar por la cabeza. Hacia donde se oían pasos, antes de pensarlo, ya se alzaba una pared. Cuando me daba cuenta de que me habían disparado, ya estaba subiendo a toda prisa por una escalera. Pasos y disparos dentro de los auriculares, y el sonido de mi propia respiración. Eran los tres sonidos que más tiempo oía cada día.
Antes de un torneo, entrenaba para ganar. Si perdía, pensaba en por qué había perdido. Si ganaba, buscaba los momentos en que podría haberlo hecho mejor. Siempre había alguien por encima, y por encima de ese, alguien más. Nunca faltaba a quién perseguir.
Escrito así, quizá parezca que era un chico muy entregado. Pero, en aquella época, yo no me veía como alguien «entregado».
Se suele decir que, para seguir haciendo algo que a uno le gusta, lo importante es la motivación. También se dice que uno sigue porque se divierte. En mi caso, no se cumplía ni lo uno ni lo otro. No jugaba porque me divirtiera. Tampoco porque tuviera ganas.
Si a alguien le preguntan si le divierte respirar, lo más probable es que no sepa qué contestar. Porque respirar está fuera de esa vara de medir, la de si algo es divertido o no. Para mí, Fortnite era algo parecido. Ni siquiera existía eso de «un día sin ganas». Me sentaba al escritorio cada día, en un lugar donde las ganas no tenían nada que ver.
Jugar era vivir.
Decir que me «gustaba» probablemente se queda corto. Lo que a uno le gusta se puede poner al lado de otras cosas que también le gustan, y compararlas: esto me gusta, pero aquello me gusta más. Aquel juego, en cambio, no estaba en un lugar donde pudiera ponerse al lado de nada. Más bien era al revés: era mi vida diaria la que se colocaba a su alrededor. Comer, dormir, ir a clase: todo eso no hacía más que ocupar los huecos que quedaban.
Séptimo puesto en Asia.
Todavía hoy no puedo olvidar el momento en que apareció ese resultado.
Era un torneo que reunía a gente de toda Asia que, como yo, se pasaba los días sentada al escritorio. Terminaron todas las partidas y ya solo quedaba esperar a que salieran las posiciones. Yo, en llamada con mis compañeros de juego, no despegaba los ojos de la pantalla.
Bajé por la tabla de clasificación contando desde arriba: séptimo. Ahí estaba mi nombre.
De lo que pasó después no recuerdo los detalles. Seguramente lo publiqué enseguida en Twitter, esa red social que ahora se llama X. Por aquel entonces yo tenía cierta fama y varios miles de seguidores.
La publicación se difundió en un abrir y cerrar de ojos. Llegaban reacciones una tras otra, de nombres que conocía y de nombres que no. El contador de notificaciones subía mientras lo miraba. Mi nombre iba llegando a lugares que yo ni siquiera conocía.
Fue el momento en que mucha gente me dio su reconocimiento.
Hasta entonces, no me había sentado al escritorio para que me elogiaran. Solo lo había repetido una y otra vez, como quien respira. Y a esa respiración, por primera vez, se le daba forma desde fuera: un séptimo puesto en Asia y un sinfín de reacciones. Sentía que todo eso explicaba, en mi lugar, qué clase de persona era yo.
Por eso, si en aquella época me hubieran preguntado «¿Qué es lo que más te importa?», habría contestado sin dudar.
Quizá era lo único que habría sabido contestar.
Creía conocerme. Qué me gustaba, en qué empleaba mi tiempo, en qué podía poner todo mi empeño. Pensaba que todo eso me lo enseñaban aquel juego, la cifra de aquel día y las reacciones al otro lado de la pantalla. El que se sentaba al escritorio era todo lo que yo era.
Cuando ya se acercaba el comienzo del bachillerato, acabaría poniendo ese «todo» en uno de los platillos de una balanza.
2. Sustitución de piezas
En un platillo puse Fortnite. Y, con él, todo aquel tiempo en que jugar era vivir, el séptimo puesto en Asia y los miles de seguidores.
En el otro, puse el bachillerato que estaba a punto de empezar.
¿Cuál de los dos sería la clave para construir mi vida a partir de entonces? Eso era lo que quería pesar.
No me planteé dejar los dos en la balanza e ir haciendo un poco de cada cosa. Aquel puesto era el resultado de sentarme al escritorio cada vez que tenía tiempo. Elegir uno era soltar el otro.
Si solo comparaba el peso, Fortnite pesaba muchísimo más. En ese platillo había años de mi vida, un resultado que por fin había conseguido, un lugar donde tanta gente me había dado su reconocimiento y la mayor parte de lo que yo era. El bachillerato, que aún no había empezado, apenas tenía forma, por mucho que estuviera en el platillo. Compañeros de los que no conocía ni el nombre, un edificio en el que nunca había puesto un pie, tres años de los que todavía no había vivido ni un día.
Y, sin embargo, la balanza, en el mismo instante en que la imaginé, ya se había inclinado.
Hacia el platillo que, en teoría, pesaba menos.
No hubo tiempo ni de darle vueltas. Elegí el bachillerato.
No es que rompiera ni tirara nada. Simplemente, dejé de sentarme a aquel escritorio.
El escritorio se quedó en mi cuarto, tal cual. El monitor, los auriculares y la silla seguían en el mismo sitio que hasta el día anterior. Lo único que cambió fue que ya no había nadie que se sentara allí.
Dicho en lenguaje de manual, había desmontado con mis propias manos la pieza más grande de este producto llamado yo. Lo normal es que, después de algo así, el producto deje de funcionar. O que, como mínimo, funcione mal durante un tiempo.
Pero no fue así.
Lo que vino a llenar el hueco fue la gente.
Al otro lado de la pantalla también hay mucha gente. Los cien jugadores que se disparan en la isla. Los miles de seguidores que reaccionan a mis publicaciones. Y los compañeros que esperaron conmigo el resultado en la llamada. Pero de ellos solo conocía el nombre y la voz. Qué cara tenían, qué pensaban mientras estaban ahí: de eso casi no sabía nada.
La gente del aula era distinta. Junto al nombre había una cara. En la voz había un breve silencio, un instante antes de que llegaran las palabras. Si contaba un chiste, la reacción del otro me llegaba entera, incluido ese segundo de retraso antes de echarse a reír. Estar en el mismo sitio, respirar el mismo aire, reírnos de las mismas tonterías. Algo tan simple podía ser así de divertido.
Lo divertido que es relacionarse con la gente cara a cara. Y lo mucho que vale. Algo que, mientras siguiera sentado frente al escritorio, difícilmente habría estado a mi alcance.
Casi no tuve tiempo de acordarme de aquel juego.
Los tres años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Me parecía que la primavera de la ceremonia de ingreso había sido ayer mismo, y ya había llegado la mañana de la graduación. Dicen que el tiempo vuela cuando uno se divierte, y era verdad. Aquellos tres años fueron los más cortos de mi vida, y también los más intensos.
¿Fue aquella la decisión correcta?
Por ahora, dejaré esa pregunta sin responder. Antes de poder afirmar que lo fue, había algo que tenía que comprobar.
¿Por qué pude elegir sin dudar ni un momento?
¿Por qué la balanza se inclinó en un instante, no hacia el platillo que tanto pesaba, sino hacia el que ni siquiera tenía forma? En aquella época nunca le puse palabras a la razón. Elegí sin ponerle palabras, y sin ponerle palabras atravesé a toda carrera aquellos tres años. Si había podido elegir, no hacía falta ninguna razón. Eso pensaba.
Fue aquella noche de primavera, ya terminado el bachillerato, cuando me puse a pensar en esa razón.
3. Solución de problemas
Vuelvo a aquella noche de primavera.
Mientras miraba el escritorio que se dibujaba en la oscuridad, pensaba en la balanza de tres años atrás. ¿Por qué pude elegir sin dudar ni un momento?
La razón en sí la encontré más fácilmente de lo que esperaba. El bachillerato dura muy poco. Fortnite seguiría ahí tres años después. Lo que se acaba y lo que no se acaba. Lo que medí aquella vez no fue el peso, sino cuál de las dos cosas no volvería a tener nunca.
Pero ahí no pude ir más allá.
Elegir lo que se acaba. Dicho así, es una lógica que cualquiera puede explicar. Ante la misma balanza, y conociendo la misma lógica, habría muchísima gente que elegiría el platillo del juego. Si yo pude elegir el bachillerato en un instante, no fue por conocer esa lógica. Antes que la lógica, algo había inclinado ya la balanza.
Y ese algo era lo que no lograba entender.
Aquí vuelven las preguntas que enumeré al principio. ¿Cuáles son mis virtudes? ¿Cuándo me siento feliz? Nadie sabía mejor que yo cuánto había disfrutado aquellos tres años. Y, sin embargo, no era capaz de explicar con mis propias palabras por qué.
Había sido capaz de decidir. Sin titubeos, sin dudas. Y, aun así, no me conocía.
Saber decidir y conocerse a uno mismo son cosas distintas.
Pensándolo bien, en la secundaria había dejado en manos de otros la tarea de explicar quién era yo.
El séptimo puesto en Asia. Los miles de seguidores. Las reacciones que llegaban una tras otra. Todo eso contaba por mí quién era yo. Antes de que yo escribiera una sola línea, el manual ya estaba terminado: se había ido escribiendo desde fuera, sin que me diera cuenta.
Cuando dejé de sentarme al escritorio, también dejé allí aquel manual.
Durante aquellos tres años, no me di cuenta. Los días que tenía delante eran tan divertidos que no necesitaba explicarme. Sin manual, hice funcionar a toda máquina, durante tres años, este producto llamado yo. No se averió ni se detuvo; al contrario, funcionó mejor que nunca.
Precisamente por eso, cuando se detuvo, no sabía dónde mirar.
Terminó la graduación y los días dejaron de traerme el siguiente. El producto, que no había dejado de funcionar, se quedó en silencio por primera vez. Solo entonces me di cuenta de que no tenía ni una sola hoja del manual. La página que uno abre primero cuando algo no va bien. La de «Solución de problemas», la que se lee cuando uno sospecha que algo falla. No estaba por ninguna parte.
Me había quedado en la superficie.
En dieciocho años, la persona que más tiempo me había observado tenía que ser yo. Y, sin embargo, lo único que sabía de mí eran unas cuantas líneas que alguien había escrito desde fuera y el recuerdo de haberlo pasado bien. Las cifras me decían lo bueno que era jugando. Los recuerdos, lo mucho que había disfrutado. Pero ninguno de los dos me decía por qué yo era así.
Entre creer que uno se conoce y conocerse de verdad hay una brecha mucho más honda de lo que pensaba. Aquella noche, por fin, me detuve al borde de esa brecha.
A partir de entonces empecé a escribir mi propio manual. No en papel. En mi cabeza, para poder responder al instante, cuando fuera y quien fuera el que me preguntara.
Escribir mis virtudes. Escribir mis defectos. Qué clase de gente me cae bien y qué clase de gente me cae mal. Cuándo me siento feliz y cuándo siento odio. Cada vez que me venían a la cabeza palabras oídas en alguna parte, las borraba y buscaba otras que solo valieran para mí.
A medida que iba ahondando en mí, empezó a hacerse nítido, poco a poco, el contorno de otra cosa.
De qué tenía que alejarme.
4. Entorno de uso
Los manuales de los electrodomésticos suelen tener un apartado llamado «Entorno de uso». No utilice el aparato en lugares expuestos a la luz solar directa ni en ambientes húmedos. Por bien hecho que esté un producto, según dónde se coloque, no podrá ofrecer su rendimiento óptimo.
Mi manual también necesitaba ese apartado.
A mí me basta con que algo me inspire un poco para decirlo enseguida en voz alta. Quiero probarlo. ¿Y si me dedico a eso? Cosas que hasta ayer ni se me habían ocurrido, hoy ya las estoy diciendo.
Vistas desde fuera, deben de parecer ocurrencias dichas sin pensar. Y lo son. Pero para mí nunca han sido mentira. Creo que todo lo que digo es un lugar de paso en mi vida. Aunque no me detenga ahí, haber pasado por ahí tiene sentido.
Además, no hay nada que valga tanto la pena hacer realidad como un sueño grande. Perseguir en serio algo que no se sabe si se cumplirá. A mí eso me divierte muchísimo, no lo puedo evitar.
Pero, cuando decía cosas así, no eran pocos los adultos que me las echaban por tierra.
Supongamos que mi sueño tiene un 10 % de probabilidades de cumplirse.
Quien apuesta por el «no» acierta el 90 % de las veces. Si el sueño no se cumple, puede decir «¿Lo ves? Ya te lo dije», y si por lo que sea llega a cumplirse, nadie se acuerda de lo que dijo. Aunque se equivoque, no pierde nada.
El «no» es la apuesta más segura. Por eso muchos adultos pueden echar por tierra los sueños ajenos tan tranquilos, y hasta a gusto.
Eso era lo que no me gustaba.
La mayoría no son malas personas. Al contrario: son adultos sensatos. Ser normal, tener sentido común, ser como se supone que hay que ser. Están convencidos de que eso es lo verdaderamente valioso, me miden con esa vara y tratan de corregir lo que sobresale.
Pero, para mí, esa sensatez era lo más nocivo de todo. Es difícil rebatir unas palabras sensatas. Cuando a uno lo golpean con eso que llaman «lo correcto», parece que el equivocado es el que recibe los golpes.
Mientras no me conocía, las razones para alejarme de esos adultos también eran difusas. Me caen mal, no encajo con ellos, no sé por qué, pero no me gustan. Así, sin más, no hay manera de distinguirlo de un simple capricho.
Desde que empecé a escribir el manual, ese contorno se volvió nítido. De quien tengo que alejarme no es de quien me dice que no. Es de quien lo dice a la ligera, desde un lugar seguro. De quien, con la vara de medir del sentido común, intenta limar mi forma.
En cambio, también hay palabras que vale la pena escuchar.
No son las que golpean con lo correcto. Son las que intentan sostenerme desde cerca para que no me salga del camino.
Las palabras que golpean quieren detenerme. Las que sostienen me indican dónde está el borde del camino, para que pueda seguir corriendo. Ante un sueño del 10 %, quien golpea se pone del lado del 90 %. Quien sostiene se pone a mi lado, en el sitio donde, si la apuesta sale mal, perdemos los dos.
Por eso tomo distancia de los primeros. Tanto en clase como en mi vida privada, sin vacilar. No es para ganarles la discusión. Es para mantener este producto llamado yo en un lugar donde pueda ofrecer su rendimiento óptimo.
Hace tres años, cuando me alejé del escritorio, elegí sin ponerle palabras a la razón. Ahora, primero le pongo palabras y después me alejo. Las dos cosas son «soltar», pero el tacto es completamente distinto.
Conocerme y, a partir de ahí, alejarme de lo que me resulta nocivo y soltar lo que frena mi crecimiento. A esta forma de vivir la llamo «vida de desapego».
Pero ninguna de las dos maneras de soltar es, por sí sola, correcta o equivocada. Si fue correcto o no, eso siempre se decide después de soltar.
5. Garantía
En la caja de un electrodoméstico, junto con el manual, viene un certificado de garantía. Durante el plazo establecido, y siempre que se haya usado correctamente, si falla, lo reparan. Desde el momento de la compra, hay alguien que promete que ese producto va a funcionar como es debido.
Las decisiones no vienen con certificado de garantía.
Cuando elegí soltar Fortnite, nadie me prometió en ese mismo instante que fuera la decisión correcta. Lo mismo pasa con haber tomado distancia de los adultos que me echaban por tierra los sueños. Lo que se suelta no vuelve, y no hay manera de comprobar adónde llevaba el camino que no elegí.
Cuando terminaron los tres años, volví a sentarme al escritorio.
No como antes. Ya no cada vez que tengo tiempo, sino en su justa medida. Ahora lo disfruto como un pasatiempo, sin excesos. Aquel juego que antes era vivir se ha convertido en una cosa más de mi día a día.
A veces me lo pregunto. Si también durante aquellos tres años hubiera seguido sentándome al escritorio, ¿qué habría sido de mí?
Quizá habría jugado mucho mejor. Quizá mi puesto y mi número de seguidores estarían mucho más arriba. Pero quien estaría ahí sería ya otra persona, distinta de la que soy hoy. Alguien que, sin conocer lo divertido que es reírse con otros en un mismo lugar, vive en un mundo de nombres y voces, guiándose por un manual escrito desde fuera.
No creo que esa persona fuera infeliz. Solo que no soy yo.
Quiero responder aquí a la pregunta que dejé planteada al principio. ¿Quién fabricó este producto que soy yo?
Lo que me fabricó fueron mis decisiones.
Dejar de sentarme al escritorio. Reírme con otros en el aula. Admitir, aquella noche de primavera, que me había quedado en la superficie. Alejarme de los adultos que me echaban por tierra los sueños. Cada una de esas decisiones se convirtió en una pieza, y entre todas me han ensamblado tal como soy hoy. Si una sola hubiera sido distinta, el producto final habría sido otro.
Si es así, el manual tampoco puede escribirlo nadie más que yo. Ni la tabla de clasificación, ni el número de seguidores, ni la vara de medir del sentido común.
Y el certificado de garantía tampoco puede escribirlo nadie más que yo.
Vivo el presente de forma que pueda afirmar, sin reservas, que todas mis decisiones fueron correctas.
«Fue correcta» y «vivir de forma que pueda afirmar que fue correcta» se parecen, pero son cosas completamente distintas. Lo primero es un veredicto sobre el pasado; lo segundo, mi trabajo de hoy. Si la balanza acertó o no, aquel día todavía no estaba decidido. Lo decidieron los tres años que vinieron después, aquella noche de primavera y el día de hoy. Y mañana se seguirá decidiendo.
El acierto no viene incluido en el momento de elegir. Se va escribiendo después, con la manera en que uno vive.
Disfruté aquellos tres años con todas mis fuerzas. Ese fue el primer trazo que hizo correcta la decisión de dejar el escritorio. La falta de profundidad que aquella noche se me puso delante va cobrando sentido por fin, gracias a que empecé a escribir el manual. Y de haberme alejado de aquellos adultos solo podré decir que fue correcto si sigo persiguiendo en serio ese sueño del 10 %. Por eso, esa parte todavía la estoy escribiendo.
Para eso, me he marcado un reparto: ocho partes de esfuerzo y dos de ocio. Es mi versión de la proporción áurea para vivir.
En la secundaria, le daba al juego todo lo que tenía. En los tres años que siguieron, lo reduje a cero. Como ya he oscilado una vez hasta cada extremo, ahora sé en qué marca de la escala está mi punto justo.
Ahora, aquel juego está dentro de esas dos partes de ocio. El escritorio ya no es el lugar donde vivo. Pero sigue siendo un lugar al que puedo volver cuando quiera.
Para terminar: historial de revisiones
Desde aquella noche de primavera, procuro poder responder al instante, en cualquier momento, a siete preguntas.
Mis virtudes. Mis defectos. La gente que me cae bien y la que me cae mal. Cuándo me siento feliz. Cuándo siento odio. Cuándo me he venido abajo.
Las respuestas no voy a escribirlas aquí.
Por un lado, porque eso es mi manual. Por otro, porque las respuestas no son fijas. Las respuestas de un manual no se escriben una vez y listo. Se van reescribiendo con todo lo que camino, todo lo que crezco y, a veces, todo lo que me desanimo. Igual que aquel «quiero probarlo» que dije por pura ocurrencia se convierte en un lugar de paso en mi vida, las respuestas de hoy también serán, algún día, un lugar de paso.
Por eso, lo que se va añadiendo no son solo los días en que todo sale bien. También abro el manual los días de desánimo. Porque un manual que no recoge los puntos débiles no sirve a la hora de la verdad.
Algunos manuales incluyen en la última página un historial de revisiones. Qué versión, cuándo, qué se corrigió.
Mi manual también lo tiene. Empecé a escribir la primera versión en la primavera de mis dieciocho años. Cuántas veces lo he reescrito desde entonces, ya no llevo la cuenta.
En la línea más reciente solo figura la fecha de hoy. A su lado, el espacio sigue en blanco. Lo que escriba ahí lo decidiré yo, de ahora en adelante.
¿Sabrías tú decir enseguida cuáles son tus virtudes?